Prado, Tolima: el mar interior de Colombia

Hay nombres que lo dicen todo antes de que llegues. Prado lleva décadas llamándose el “Mar Interior de Colombia” y el apodo no es exagerado: cuando el embalse Darío Echandía aparece entre las colinas del oriente tolimense, con sus más de 40 km² navegables brillando bajo un sol de 26°C, la imagen tiene algo de revelación.

Pero el agua no siempre estuvo ahí.

Prado fue fundado el 12 de agosto de 1781 en tierras que antes habitaron los Poincos, y trasladado a su ubicación actual en 1807. Durante décadas su economía fue la de cualquier municipio tolimense de tierra caliente: agricultura, ganadería, pesca artesanal en el río Magdalena. La transformación llegó entre 1959 y 1972, cuando la construcción de la represa Darío Echandía — también conocida como Hidroprado — sumergió una parte del territorio anterior y dio nacimiento a otro municipio, uno que todavía está aprendiendo a ser lo que es.

Esa es la dualidad de Prado: un pueblo que literalmente construyó su futuro sobre lo que quedó bajo el agua.

El embalse cambió todo. Generó energía para la región, impulsó el turismo y reorientó la economía hacia los servicios. Hoy, los fines de semana y las temporadas altas traen visitantes de Ibagué, Bogotá y Girardot que llegan a pasear en lancha, practicar deportes acuáticos, pescar y descansar en hospedajes a orillas del agua. La hotelería, la gastronomía y el transporte turístico sostienen hoy lo que antes sostenía el campo.

Lo que el turismo no resolvió — y que Prado enfrenta con honestidad — son los retos de sostenibilidad ambiental y planificación territorial que trae el crecimiento desordenado. El embalse que salvó la economía local es también el ecosistema más frágil que el municipio tiene que cuidar.

La identidad cultural de Prado sobrevive a través de sus festividades. El Festival Luz, Paz y Alegría y el Reinado Departamental del Mar Interior de Colombia, en agosto, son los momentos en que el municipio se reconoce a sí mismo — con rajaleñas, bambucos y sanjuaneros que recuerdan que debajo del pueblo turístico hay un pueblo tolimense de raíz.

La cocina lo confirma. La mojarra frita con patacón, arroz y ensalada no es un plato para turistas: es la memoria del río en un plato. Los sancochos de pescado y las recetas campesinas de la región cuentan una historia más larga que la represa.

Prado es un municipio que evolucionó por necesidad y encontró en el agua — la misma que transformó su geografía — su razón de ser. Contarlo bien exige entender las dos orillas: la que se ve desde la lancha y la que quedó sumergida.