Tolima: entre la luz del folclor y la sombra de la historia

Hay territorios que se resisten a ser resumidos. El Tolima es uno de ellos.

Sus 23.562 km² contienen una contradicción que no se resuelve fácilmente: es el departamento que le da música a Colombia y también uno de los que más ha sangrado en su historia reciente. Es la tierra del bambuco y del sanjuanero, del arroz que alimenta al país y del café que enamora a Asia y Europa. Es Honda con sus cuarenta puentes y su arquitectura colonial suspendida en el tiempo, y es Armero, cuyas ruinas funcionan hoy como santuario de una memoria que todavía duele.

El Tolima no es un punto en el mapa. Es un organismo vivo con sus propias tensiones internas.

Desde la columna vertebral de la Cordillera Central hasta la depresión del Valle del Alto Magdalena, el departamento despliega una geografía de contrastes que se replica en todo lo demás: en su economía, en su cultura, en su historia. Ibagué ostenta el título de Ciudad Creativa de la Música ante la UNESCO y alberga el Conservatorio del Tolima, fundado hace más de un siglo. Pero mientras los escenarios del Teatro Tolima brillan en junio con el Festival Folclórico Colombiano, la escena musical independiente de la ciudad pelea por espacios permanentes y presupuestos que sobrevivan al calendario de fiestas.

Esa es la naturaleza del Tolima: la luz y la sombra coexistiendo sin pedirse permiso.

En Natagaima y Coyaima, el ritual pijao se resiste a desaparecer. En Guamo, las manos que tejen la palma de iraca sostienen economías familiares que no encuentran relevo generacional porque los jóvenes migran hacia las ciudades. En Planadas y Ataco, lo que antes eran corredores de conflicto armado son hoy fincas experimentales que exportan granos premiados, aunque el pequeño caficultor sigue compitiendo en desigualdad de condiciones por culpa de una infraestructura vial que el Estado nunca terminó de construir.

Mariquita conserva la memoria de la Real Expedición Botánica, el hito científico que catalogó la flora del Nuevo Mundo en suelo colombiano. A pocos kilómetros, en Murillo, una nueva bonanza turística lleva a miles de visitantes hacia el Parque Nacional Natural Los Nevados — y con ellos llega una presión sin precedentes sobre el páramo, sobre el frailejón, sobre el agua que baja de los Andes y riega todo lo demás.

El Tolima tiene todo esto. Y Altas y Bajas está aquí para contarlo.

No desde la postal ni desde el informe de gestión. Desde la crónica que entra por la puerta trasera de un festival, desde la entrevista con el caficultor que nadie ha entrevistado, desde la fotografía que encuentra belleza donde otros solo ven paisaje. Desde la convicción de que solo entendiendo las sombras se puede apreciar, de verdad, la luz.


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