
En El Carmen, un barrio de El Guamo, Tolima, hay manos que saben lo que las palabras no alcanzan a explicar del todo. Manos que desveinan cogollos de palma real antes del amanecer, que anudan fibras húmedas, que cosen trenzas de doce metros hasta que toman la forma curva y firme de un sombrero. El oficio no está en ningún libro fundacional. Está en la memoria de haber visto hacerlo, y en la decisión —cada mañana— de seguir haciéndolo.

El 23 de junio se celebra el Día del Sombrero Tolimense. Lo fijó así la Ordenanza 014 de 2010 de la Asamblea Departamental del Tolima, que declaró el sombrero de palma real y caña brava símbolo oficial del folclor tolimense y estableció esa fecha como el arranque de las fiestas folclóricas del departamento. Para la edición 2026, en el marco del 52° Festival Folclórico Colombiano, treinta y cinco artesanos de El Guamo e Ibagué fueron seleccionados para participar. Entre ellos, los de Asopalguamo, la asociación que agrupa hoy a más de treinta familias del oficio.
Un barrio, un oficio, doscientos años de silencio documental

El Guamo fue fundado el 26 de junio de 1772 a orillas de los ríos Luisa, Magdalena y Saldaña. Hoy se reconoce como la Capital Artesanal de Colombia, y el corazón de ese reconocimiento late en un solo barrio. En El Carmen, los más antiguos del pueblo ubican la tradición del tejido en palma real entre doscientos y doscientos cincuenta años atrás. Nadie guarda un registro escrito de cuándo empezó. Solo la memoria de que fueron los abuelos de artesanas como Dora María Candia quienes descubrieron que la palma real silvestre servía para tejer.

Cerca de ochenta personas siguen vinculadas directamente a la cadena artesanal en El Carmen, repartidas en tres oficios: los palmeros, que suben a la palma a extraer el cogollo; las tejedoras, que convierten la fibra en trenzas; y las cosedoras, que cosen esas trenzas hasta darles forma de sombrero. Sol Ángel Bríñez, artesana y cofundadora de Asopalguamo, lo describe con la precisión de quien lleva décadas dentro:
“Allí somos unos seis mil habitantes y todos nos dedicamos a la fabricación de artesanías con fibra de palma. El que no teje, cose o baja los cogollos para sacar las fibras, pero todos tenemos algo que hacer alrededor del sombrero.”
El proceso: de la palma al sombrero

La materia prima es la Attalea butyracea, la palma real, que crece en dos veredas cercanas al Guamo. De cada palma se extraen tres de los cuatro cogollos que produce, para que la planta pueda seguir dando. La artesana desvena el cogollo, lo anuda y lo cocina unos diez minutos en agua con sal hasta que la fibra queda blanca. Después viene el secado: tres días al sol y uno al sereno, en tramos de diecisiete metros que hay que remojar para que la palma no se parta al trabajarla.

Solo entonces empieza el tejido. Las trenzas —llamadas cortes— se hacen entrelazando la fibra a mano, diez brazadas por corte, doce metros cada una. La sombrerería cose esos cortes a máquina y les da forma final con entre ocho y nueve vueltas, según el ancho de la cinta. El tinturado y el acabado pueden tomar uno o dos días más. El sombrero que alguien se pone en una fiesta folclórica en Ibagué carga, sin que se vea, varios días de trabajo repartidos entre palmeros, tejedoras y cosedoras.

Ese sombrero salió alguna vez de Tolima hacia mercados de Antioquia y la Costa Atlántica. Hoy llega también a Estados Unidos y al Reino Unido.
La palma que escasea, las manos que no llegan

La amenaza más concreta para el oficio es ambiental. Felipe Andrés Romero, consultor ambiental de la UMATA del Guamo, lo señala sin rodeos:
“La disminución de palma es un problema identificado en el Plan de Desarrollo. Se ha disminuido no solo la palma sino el bosque seco tropical. Hoy solo contamos con 147 hectáreas en bosque seco tropical. El uso del suelo es de vocación agrícola —arroz— y pecuaria —ganadería—, dos sistemas totalmente devastadores con este ecosistema estratégico.”

Una investigación de las universidades Nacional y Javeriana sobre los usos de la Attalea butyracea en Colombia documenta la misma pérdida: cada vez hay menos palma real en pie, porque la tierra donde crecía hoy se destina al cultivo de arroz. La presión sobre el ecosistema no es nueva, pero se acumula.

A eso se suma una presión generacional. Las nuevas generaciones de El Carmen no siempre quieren dedicarse a tejer. El oficio exige esfuerzo físico sostenido, compite con productos industrializados y no siempre se vende a precios que justifiquen el tiempo invertido. El conocimiento que no se transmite no desaparece de golpe: se va adelgazando, corte por corte, hasta que un día ya no hay quién recuerde cómo se hace.

Cuando el Festival Folclórico Colombiano abra sus puertas en Ibagué y los sombreros tolimenses aparezcan en escena, El Carmen seguirá siendo el lugar donde ese objeto tiene origen. Un barrio de seis mil habitantes donde, según Sol Ángel Bríñez, todos tienen algo que hacer alrededor del sombrero. Por ahora.




